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20 Tiempo ordinario – C (Lc 12,49-53)

Evangelio del 18 / Ago / 2019
Publicado el 12/ Ago/ 2019
por Coordinador - Mario González Jurado

SIN FUEGO
NO ES POSIBLE

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: «Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De que está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exégetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del «fuego» nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de «lo correcto».

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No podemos defendernos de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los discípulos de Emaús lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

José Antonio Pagola

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One Comment
  1. Gustavo «Panter» González 18/08/2019 at 15:20 Responder

    Buen cuestionario nos entrega en esta oportunidad la reflexión del p. Jose Antonio.

    Responder al mismo desde nuestra propia experiencia de vida en la dimensión individual y familiar, hace que nos cuestionemos en cuanto a la tarea evangelizadora. Esta debería emprenderse, en primer lugar, desde nuestros hogares -Iglesias Domésticas-, si y sólo sí, es el caso de que haya hogares; porque en realidad, son pocos los hogares cristianos.

    Muchos de ellos son hogares disfuncionales, replicas exactas de lo que critica Nuestro Señor, en cuanto a los enfrentamientos entre miembros de una familia.

    De segundo, y muy a pesar de nuestras circunstancias familiares y personales, como verdaderos cristianos no debemos nunca desfallecer en cuanto a la tarea de aprovechar esa débil lumbre que está debajo de las cenizas para así avivar «el fuego» necesario.

    Solo así podremos sentirnos seguros y apasionados en salir «a la palestra» al «teatro de operaciones» que es la vida cotidiana, con una labor evangelizadora, dando testimonio de fe y compromiso comunitario y parroquial. Todo esto por supuesto, lo podemos lograr libres del tormento de tener que salir a avivar el fuego en otros hogares sin antes haberlo hecho en el nuestro.

    Si haber vamos, confieso -y autorizo a nuestro hermano Mario, quien coordina y revisa estas notas- para que publique un examen de conciencia genérico, es decir, se trata de un diagnóstico muy particular y personal de cómo percibo la experiencia de la cotidianidad dentro de mi propio hogar y en mi comunidad parroquial:

    1. ¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús?

    En realidad se percibe -muy débil, sí- dentro de nuestro ser interior; un sentimiento debilitado por las diversas dudas que intentan apagar la «débil lumbre», nuestra convicción cristiana, que a sabiendas que es «luz, candela, lámpara» todavía se siente lejana al Cristo Resucitado.

    Ese fatuo «agnosticismo cristiano» que nos arropa engañosa y perversamente tratando de brindar «calor humano» y en realidad lo que hace es distraernos en tareas estériles con muy poca o ninguna carga de «espiritualidad liberadora».

    2. ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora [y espiritualidad liberadora]?

    Obviamente debería ser desde el seno de las familias, para que en acción definitiva e irreversible sean transformadas, renovadas y potenciadas como verdaderas IGLESIAS DOMÉSTICAS (en mayúsculas) coadyuvando en la construcción de esa Nueva Sociedad, el Reino de Dios, «haciendo la voluntad aquí en la Tierra [tal cual] como [es] en el cielo.» -Emulación del Reino-.

    3. ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio?

    Cuando se experimenta ansiedad sin miedos, ni preocupaciones mundanas, ni sentimientos de culpa, que nos impidan salir a la palestra para emprender la tarea evangelizadora quienes estamos o hemos sido llamados por el Señor en sus múltiples y misteriosas fórmulas. Tarea que -repito nuevamente- debe empezar por casa. ¿De qué nos vale que salgamos -cual bomberos- apagar incendios en otros hogares, cuando tenemos nuestra casa en llamas? A propósito, vale aclarar que esas llamas no tienen nada que ver con la «llama del Espíritu».

    4. ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos?

    Obviamente, en nuestra propia existencia, luego en la de nuestro prójimo (almas próximas), ¿y qué más próximas hay, sino aquellas almas que habitan en nuestra propias familias-comunidad?

    Saludos cordiales y muchas bendiciones.

    Gustavo «Panter» González

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