Navidad en familia
Estos días navideños se caracterizan todavía hoy por un clima más familiar y hogareño. Para muchos, la Navidad sigue siendo una fiesta de reunión y reencuentro familiar. Ocasión para congregarse todos alrededor de una mesa a compartir con gozo el calor del hogar. Estos días parecen reforzarse los lazos familiares. Se diría que es más fácil la reconciliación y el acercamiento entre familiares enfrentados o distantes. Por otra parte, se recuerda más que nunca la ausencia de los seres queridos muertos o alejados del hogar.
Sin embargo, es fácil observar que el clima hogareño de estas fiestas se va deteriorando de año en año. Hay muchos factores de diverso orden que lo explican, pero hay algo que no hemos de olvidar: es difícil el encuentro familiar cuando, a lo largo del año, no se vive en familia. Incluso se hace insoportable cuando no existe verdadero diálogo entre padres e hijos, o cuando el amor entre los esposos se ha ido apagando.
El carácter familiar de la Navidad es de origen hondamente cristiano. Según el relato de san Lucas, los primeros en escuchar el anuncio del nacimiento del Hijo de Dios han sido unos pastores que no dormían. Por eso, desde muy antiguo, los cristianos acostumbraban a permanecer despiertos en la noche de Navidad, preparándose a celebrar con fe el nacimiento del Salvador. Desde entonces, es costumbre en los países de tradición cristiana esta reunión familiar.
Los cristianos celebramos al Dios que ha querido formar parte de la familia humana. El Hijo de Dios se ha hecho nuestro hermano. Ahora la humanidad no es un conjunto de individuos aislados o dispersos que viven cada uno su vida. Por eso, el nacimiento del Señor es una invitación a esforzarnos por el nacimiento de un hombre nuevo y de una familia mejor y más humana.
La paz de la Navidad
El deseo de paz que se canta en las fiestas de Navidad tiene su origen en el objetivo último de la Encarnación: la paz de los hombres con Dios, la paz de los hombres entre sí, la paz de los hombres consigo mismos. Sin embargo, una vez más vamos a celebrar entre nosotros una Navidad envuelta en agresividad y violencia.
La Navidad ha de ayudarnos a reflexionar sobre nuestra actitud ante la violencia. ¿Cómo reaccionamos ante la destrucción de la vida de un hombre? ¿Qué clima social vamos creando con nuestros comentarios, nuestras reacciones o nuestra pasividad? ¿Por qué no actuamos con mayor vigor urgiendo para que se resuelvan los conflictos por el camino de un diálogo sincero? No es posible celebrar la Navidad sin escuchar una llamada a la reconciliación y la amistad mutua.
Una fiesta de renovación
Las fiestas de Navidad coinciden con el final de un año solar y el comienzo de otro. Cambiamos de calendario, nos despedimos del año viejo y nos deseamos un feliz Año Nuevo. Pero no es fácil comenzar un año nuevo. El paso del tiempo y la proximidad cada vez mayor de la vejez y de la muerte es algo que resulta insoportable al hombre contemporáneo. ¿Cómo creer de verdad en esa frase que nos repetimos unos a otros “año nuevo, vida nueva”?
En la Navidad no solo celebramos el nacimiento de Jesús, sino también nuestro nacimiento a una vida nueva, nuestra conversión y renovación. Por eso hemos de comenzar el año nuevo con una voluntad de renovación. En medio de la nostalgia de un año que se va y la incertidumbre de un año nuevo que comienza, todos intuimos que hemos nacido para vivir algo más grande, más pleno, más total y verdadero que lo que vamos conociendo año tras año. Por eso es bueno que nos preguntemos qué esperamos del año nuevo.







