Sin duda, es posible un encuentro con Dios desde la razón, la estética, la sensibilidad o el compromiso ético. Pero solo el amor fundamenta y orienta el caminar del ser humano hacia la comunión con el Dios revelado como Amor en Jesucristo.
Cuando ese amor es vivido desde la clave de la amistad, le da a la espiritualidad un tono particularmente entrañable y hondo. Veamos algunos aspectos de esta experiencia de amistad con Dios en la vida espiritual.
Sabernos amados
Lo primero es sabernos amados por Dios en Cristo. Jesucristo, Amigo entrañable, centro único de mi vida, me recuerda, me convence, me reafirma en mi condición de amado por Dios. Y esta es la verdad más profunda de mi existencia. Aunque en estos momentos no lo sienta, soy amado por Dios con amor insondable y eterno, soy precioso a sus ojos. En eso consiste la vida espiritual: en sabernos, sentirnos y pensarnos seres queridos por Dios. Vivir experimentando esta realidad tiene un efecto sanador insospechado.
La fe en este amor incondicional de Dios ofrece una base privilegiada para crecer en autoestima sana. Quien cree en este amor gratuito de Dios posee una fuerza interior insospechada para aceptarse a sí mismo, no solo en sus aspectos positivos, sino también con sus sombras y aspectos negativos. Quien se sabe amado puede crecer y caminar.
Hemos sido creados por Dios solo por amor, vivimos envueltos por su ternura, guiados misteriosamente por su mano amiga, toda nuestra vida es don, regalo que vamos recibiendo del Dios Amigo. Por eso, lo que mejor define la espiritualidad es la acción de gracias, esa respuesta agradecida al gran Amigo que nos regala el vivir diario. La vida del creyente se convierte así en “eucaristía” permanente al Padre por medio de Cristo.
La amistad con Jesucristo
Saberse amado lleva a vivir la adhesión a Jesucristo como una experiencia de amistad.
La amistad no se detiene en algún aspecto o cualidad del amigo, sino que abraza a la totalidad de la persona querida. Cuando una relación se establece en el plano de las cualidades del otro, podemos hablar de simpatía, admiración, veneración o sentimientos semejantes; puedo, por ejemplo, admirar la valentía de Jesús, dejarme impresionar por su libertad, sentirme seducido por su bondad. La amistad, por el contrario, busca el yo del amigo, su persona única. Amo a Jesucristo porque es él. No lo quiero por esto o por lo otro. Lo quiero a él. Y sé que él me quiere bien.
La amistad, por otra parte, es siempre donación. Pero lo que ofrece el amigo no son cosas, tiempo, compañía, apoyo. Lo decisivo es que, a través de todo eso, ofrece su propio yo, se ofrece a sí mismo. La amistad crea así un espacio en el que los amigos se dan mutuamente. La amistad con Cristo es autodonación. El creyente se entrega, se da. Y en esa donación se purifica y crece. Se transforma.
El amigo se convierte, de alguna manera, en parte constitutiva de la persona que lo ama. “¡Qué bien que tú existas y estés conmigo!” Así siente el amigo. En la persona amiga se puede buscar compañía, refugio, orientación, apoyo en los momentos difíciles. Pero, en definitiva, lo que se busca es vivir con él y en él. Es la experiencia de san Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20); “para mí, la vida es Cristo” (Flp 1,21). Cristo es para el creyente, “espíritu vivificador” (1 Cor 15,45).
Por eso, la amistad hace existir de forma nueva. “Soy amado, luego existo”. Saberse amado confirma nuestro ser, nos recrea. Y sabernos amados por Cristo nos confirma para la vida eterna. Nos libera de la soledad, del abandono y del miedo a la destrucción.
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?… En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesus, Señor nuestro” (Rom 8,35-39).








