EL ÚLTIMO GESTO
Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tiene poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Solo su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.
Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.
No son gestos convencionales. Le nacen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.
A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.
No es extraño que, al narrar su despedida, Lucas describa a Jesús levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.
Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.
Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el Profeta que bendecía a las gentes con gestos y palabras de bondad.
José Antonio Pagola







Una reflexión sencilla y cuestionadora para nosotras (personas que nos consideramos cristianas). Qué sencillo o simple es bendecir, no nos cuesta nada. En Venezuela -mi país- desde niños nos acostumbramos a pedir la bendición a nuesros padres, tíos, abuelos y padrinos… ¡ah! y también a nuestros sacerdotes. Pero percibo con preocupación que esa tradición, muy sencilla, se está perdiendo con las nuevas generaciones. Se está «rompiendo» esa ‘mancomunidad generacional’ de mantener una típica y bonita tradición, entre otras «buenas costrumbres» cristianas, como es bendecir los alimentos toda vez que nos sentamos a comer, por ejemplo.
Es necesario y urgente asumir una ‘conducta de seguimiento’ no necesariamente trascendental -porque aunque estamos llamados a ser ‘santos’ no todos lograremos esa distinción-, pero, tal como lo dice el p. Pagola, basta no más un gesto de cariño para cualquier hermana o hermano en Cristo-Jesús.
Saludos y bendiciones,
Gustavo Panter, desde Caracas, Venezuela.