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32 Tiempo ordinario – C (Lc 20,27-38)

Evangelio del 10 / Nov / 2019
Publicado el 04/ Nov/ 2019
por Coordinador - Mario González Jurado

DECISIÓN DE
CADA UNO

Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos.

Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos».

Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.

El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.

Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que otros siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en lo profundo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?

La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.

Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora?

José Antonio Pagola

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2 Comments
  1. Gustavo Panter 10/11/2019 at 13:59 Responder

    En un encuentro con representantes de niños, niñas y jóvenes que se preparan para la comunión y la confirmación respectivamente; planteamos varias preguntas: ¿quién es Dios? ¿Cómo es el amor de Dios? ¿Hay vida después de la muerte?

    El tiempo era limitado para atender a las intervenciones de cada participante, no obstante, quedamos para otra oportunidad en resolver el enigma que encerraban tales preguntas.

    Yo tenía en mente, intervenir apelando a una frase de una canción muy famosa de nuestro cantautor Simón Díaz, «Caballo Viejo» que dice:

    el potro da tiempo al tiempo
    porque le sobra la edad
    caballo viejo no puede
    perder la flor que le dan
    porque después de esta vida
    no hay otra oportunidad.

    Donde pareciera indicar que no existe vida después de la muerte. «La resurrección de la carne» como lo reza nuestro Credo, es algo que muchas personas no creen que sea así. La crisis de esperanza que refiere el p. Pagola es algo que nos agobia.

    Interesante juego de palabras tiene el aforismo: «no es fácil creer, y es difícil no creer». En lo primero, ‘no es fácil creer’ cuando estamos ensimismados en tanto materialismo, y de segundo, ‘es difícil no creer’ cuando experimentamos una reconciliación con Dios, rescatados de una «indigencia espiritual», o porque fuimos curados ‘milagrosamente’ de una terrible enfermedad, o porque no vimos en peligro de muerte por algún incidente en el cual salimos ilesos.

    Solo después de tales situaciones es que retomamos el ‘Camino’. Pero como cristianos, no hay que esperar caer en tentación para ser librados de algún mal, para que nuestra fe se vea fortalecida.

    El GRAN MILAGRO que Jesucristo, maestro y Señor nuestro ha hecho en cada una de las personas (almas), la humanidad en pleno; esto incluye a todas aquellas no creyentes y con muchas dudas (agnosticismo), pero que resultan ser personas con una voluntad buena y piadosa y reconocen en la persona de Jesucristo su trascendental mensaje, un modelo de perfección humana: el Desarrollo del Ser Humano, como fin último de la Creación.

    Gustavo Panter
    Caracas, Venezuela

  2. mercedes castellano fdez 04/11/2019 at 16:05 Responder

    Es cierto que el ser humano necesita de la Trascendencia.
    Cualquier otra esperanza le es demasiado pequeña, limitada, la verdad es que solo encuentra su sentido más profundo en la existencia de Dios, ese Amor que supera toda separación, incluida la muerte.
    Morir es sólo un paso, es parte del camino, pero no el final, sino la Meta.
    La Meta de este camino nuestro lleno de luces y sombras, dolor y dicha…..
    Vamos muchas veces tras el gozo inmediato, al que sigue las frustración, porque nunca podrá llenarnos.
    Para nosotros siempre Dios será el Misterio inabarcable y paradójicamente a la vez cercano, porque nos habita y desde nuestra profundidad nos llama a ponernos en marcha en su búsqueda y esta necesidad de buscarle, es YA , El mismo que desde nuestro interior, nos llama a la Aventura día a día , de su Encuentro.
    Optar por esta Esperanza para vivir… y para dar el paso último, es lo que debemos poner en marcha.

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