NO ESTAMOS HUÉRFANOS
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.
En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?
Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.
Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los envolverá y les hará vivir, pues los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.
Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?
Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus discípulos, mientras lo seguían por los caminos de Galilea: «Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.
Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama… yo también lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?
José Antonio Pagola








Totalmente de acuerdo.
Porque cada vez me cuesta más la misa de los domingos y eso que el cura de la parroquia es muy cachondo, pero escuchar siempre lo mismo resulta de lo más aburrido.Y yo diría tocando lo insoportable.
Me recuerda en mi época de colegiala, pequeña, evidente, que cuando daban el «Ave», ya que para abrir cualquier «evento de diversión»: recreo, hablar en el comedor, etc., nos decían:
«Ave María Purísima»
Y más de muchas veces, la respuesta era:
«Sin pescado en la cocina».
Creo que sería más atractivo, no ya las guitarras, muy años 70, sino hacer a la gente más cercana. Intentar hacer cambios en lo que se dice, no siempre lo mismo.
Siempre recordaré dos experiencias en este sentido.
La primera, de cuando mis hijos eran pequeños.
Era entonces el párroco nuestro un teólogo, profesor del Seminario de Barcelona y médico. Se llamaba Josep María Tubau.
Pues el día de Nochebuena incorporó, y aún continúa, una misa de gallo para niños:»la misa del pollet (pollito en catalán) y la hizo distinta, no siguió los cánones marcados, sino fe fue a su bola.
Al llegar la consagración, en vez de soltar lo de «cogió pan y bendiciéndolo—» cogió la hostia, se la enseñó a los niños y dijo: «mirad, esto es el pan» y lo mismo con el vino.
La segunda experiencia era la de un cura muy curioso, horror de muchos por su mal genio pero que, cuando lo conocí, que él ya estaba en la cincuentena, venía a una urbanización donde tenemos la segunda residencia a decir misa.
Antes de entrar en la capilla, la gente se juntaba junto a una encina que hay casi a la puerta a comentar cosas, lo de siempre: la familia, los padres, los hijos, los nietos los que ya los tenían… y su frase era: la misa empieza cunado estáis aquí reunidos.
Como hacía de guía a Tierra Santa, saliendo desde aquí con la gente y llevándolos a rincones a los que normalmente no se va, y explicando detalles bíblicos de cada uno, en la homilía hacía explicaciones de detalle interesantes, situando donde estaba Jericó, cómo era el Calvario, que los peces del mar de Galilea, efectivamente, a, no recuerdo qué hora, aparecían todos juntos en masas, etc., etc.,
Se llamaba Pedro José Ynaraja. Había escrito algún libro y sobre todo en la hoja dominical y en su web.
Pues digo esto, no como ejemplos a seguir, claro, sino cómo se puede atraer, claro está, en función de la edad, situación y más cosas.
Bueno, ya me he desahogado de la misa de ayer, de la que solo me entero de la consagración y del padrenuestro.