EN MEDIO DE UNA CRISIS SIN PRECEDENTES
Centralidad de la crisis
Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político.
Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud.
La crisis de Dios
Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha ido pasando a una situación de indiferencia cada vez más generalizada. La cuestión de Dios apenas atrae o inquieta: sencillamente deja indiferente a un número cada vez mayor de personas.
La crisis religiosa entre nosotros
Vivimos inmersos en una cultura de la «intrascendencia» que encadena a las personas al «aquí» y «ahora», haciéndoles vivir solo para lo inmediato, sin apenas necesidad alguna de abrirse a la trascendencia. Respiramos una cultura del «divertimiento» que arranca a los individuos de sí mismos hacia fuera, haciéndoles vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. Nos alimentamos de una cultura del «tener» que desarrolla el espíritu de posesión, incapacitando a las personas para todo aquello que no sea el disfrute inmediato.
Algunos cambios en los cristianos
Crece la ambigüedad de la figura del cristiano: Basta que uno conserve una cierta religiosidad o siga vinculado a alguna devoción para que se siga considerando cristiano. Pero no es fácil saber cuál es el contenido de su fe: cada uno cree a su manera.
La situación de los católicos es cada vez más compleja y diversificada: No todos extraen de la fe las mismas conclusiones de cara a sus opciones y sus comportamientos. Por lo general, los que se dicen cristianos no difieren mucho en su estilo de vida de quienes no se reconocen como tales.
Está cambiando el modo de creer: Por ejemplo, son cada vez más los que no se sienten obligados a creer todo lo que enseña el magisterio de la Iglesia ni como lo enseña; cada uno se reserva el derecho a pensar y creer por cuenta propia.
Amplios sectores perciben a la Iglesia de manera negativa: Se la considera como una institución anacrónica, preocupada por su propia conservación, replegada sobre sus propios problemas y aislada de la vida moderna.
Deslizamiento hacia la indiferencia
Lo que encontramos es más bien personas que se sitúan fuera de una «comunión de fe». No se sienten ya concernidos por lo cristiano.
Lo que hoy está en crisis no son solamente las religiones, las ideologías o las grandes causas, sino el acto mismo de «creer», es decir, el acto de comprometerse en la aceptación de una visión global.
Lo que crece es el desinterés y el escepticismo hacia las cuestiones más vitales de la existencia: ¿para qué vivir?, ¿en qué creer?, ¿por qué esperar? No interesan las grandes preguntas del ser humano, sino el vivir bien.
Los individuos viven hoy de «pequeños relatos». La gente se organiza su vida y le da un sentido a su medida.
Preguntas, preocupaciones y convicciones desde la fe
Si los cristianos no aprendemos a vivir y anunciar nuestra fe en la cultura secular de nuestros tiempos, el cristianismo se convertirá pronto en una religión del pasado.
Dentro de pocos años, la Iglesia será mucho más pequeña, más pobre y menos poderosa. Sabrá por experiencia lo que es ser perdedora y vivir marginada por la sociedad moderna. Solo desde esa pobreza podrá aprender a dar pasos humildes hacia su conversión a Jesús y al Evangelio.
Francisco no piensa en una etapa triste que nos vemos forzados a recorrer para poder sobrevivir. Nos dice que hemos de impulsar esta renovación «desde el corazón del Evangelio», concentrando el anuncio «en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario» (EG 35).
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA
2. Anunciar a Dios como buena noticia, capítulo 1








Pienso que a veces hace falta «tocar fondo»… por doloroso y alarmante que parezca.
Al final… solo se cae «lo que caerse puede».
Y si dentro de unos años, la Iglesia es más pequeña, más pobre y menos poderosa… podremos dar por bien empleada la Crisis, agradecerla, aprender y comenzar de nuevo. Y seguros de la Compañía del Maestro de Galilea seguir adelante en el empeño.
Excelente las reflexiones para nuestra vida humana, y lo más importante vivir como dice Jesús en su evangelio. Bendiciones. Muchas gracias por todo lo que nos enseña y nos comparte. Amén.