Vivir del perdón de Dios
Uno de los motivos de turbación en los últimos años de la vida, lo digamos o no, puede ser el recuerdo del pasado y, más en concreto, el recuerdo de nuestro pecado y mediocridad. Nuestra vida no ha sido como nosotros hubiéramos querido. No hemos sabido vivir con dignidad. ¿Cómo envejecer ahora dignamente?
Reconocer el pecado
Lo primero es reconocer sinceramente nuestro pecado. Es la mejor manera de recuperar la dignidad desde la raíz. Llamar a las cosas por su nombre. Ante Dios no necesitamos defendernos ni disculparnos. Él conoce nuestro corazón. Él nos ama sin fin, tal como somos, aunque no cambiemos. Él nos comprende y perdona. Para poder envejecer con paz y dignidad puede ser necesario reconocer también nuestro pecado ante personas a quienes hemos hecho daño. Puede ser el momento de pedir perdón a quienes hemos herido, rehacer de nuevo la amistad que se había roto, reconciliarnos con algún familiar.
Acoger el perdón de Dios
El perdón de Dios no consiste simplemente en “olvidar” o “no tener en cuenta” el pecado. Para Dios perdonar es “quitar el pecado”, hacerlo desaparecer, devolver la inocencia.
Muchas veces, no son los pecados concretos los que turban a la persona, sino la mediocridad, la vida transcurrida en la medianía.
“¿En dónde podría yo refugiarme con mi debilidad, con mi dejadez, con mis ambigüedades e inquietudes… sino en Ti, Dios de los pecadores comunes, cotidianos, cobardes, corrientes?”
Envejecer dando gracias
La mejor manera de envejecer con dignidad es vivir esta fase de la vida en acción de gracias permanente, agradeciendo a Dios el regalo de la vida tal como ha sido, con sus horas hermosas y sus experiencias amargas. No han faltado sufrimientos, errores y pecado, pero, al final, lo importante ha sido la fidelidad y misericordia de Dios.
Debemos mucho a personas, amigos y familiares que nos han acompañado y querido a lo largo de la vida. Hemos de saber agradecérselo. Pero ¿a quién agradecer la vida misma, el ser, el aliento que respiramos, la esperanza que nos sostiene si no es a Dios? Es Dios quien está en el origen de la vida, como fuente de todo bien. De ahí nuestra alabanza y acción de gracias al Creador.
Vivir de manera sana los últimos años de nuestra vida
-Mantenernos siempre física y mentalmente activos.
-Vivir siempre relacionándonos con los demás sin aislarnos.
-Mantenernos siempre activos evitando el estrés.
-Vivir activamente positivos para ser más felices.
-La importancia de evitar la obesidad.
-Mantenernos tranquilos cuidando las horas de sueño.
-La importancia de la autoestima y de dominar de manera sana nuestras emociones.
-Relacionarnos con Dios en los diversos momentos de la vida: alabarlo, darle gracias, pedirle perdón, acudir a Él en momentos difíciles, orar desde el silencio del corazón.
Culminar la vida en la esperanza
La dignidad del final
En los últimos años, la vejez se convierte en un recuerdo permanente de que la vida tiene un término. La persona de edad muy avanzada lo sabe. La vida va declinando. La muerte se va haciendo cada vez más presente. Van desapareciendo familiares y seres queridos. El cuerpo se debilita cada vez más. No está lejos el final. La actitud del verdadero creyente es mantener la paz y la serenidad con la esperanza puesta en Dios.
La esperanza en Dios
Los últimos años pueden ser preciosos. La muerte nos ha de encontrar vivos, con el corazón agradecido, levantado hacia Dios y con nuestra confianza puesta totalmente en él. Después de haber hecho tantas cosas, ahora nos queda lo más importante: abandonarnos confiadamente al misterio de Dios. Nadie nos puede acompañar en ese tránsito a la vida eterna. En nadie nos podemos apoyar, ni siquiera en nosotros mismos. Al final, solo Dios salva. “Yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa.” (Sal 5,8)
José Antonio Pagola, Envejecer con dignidad (Pastoral renovada)








Gracias a José Antonio Pagola por compartir su fe y aumentar la nuestra con su confianza y abandono a Dios. Tengo casi 64 años y creo que es buena edad para retomar la sabiduría de este artículo. Sobre todo es tiempo de agradecer a Dios por todo lo vivido.
Bendiciones