Nuevo marco para vivir la fe
Hemos de alegrarnos, sin duda, al ver cómo se han ido desarrollando estos años las ofertas y servicios para que las personas mayores puedan vivir inteligentemente su tiempo y disfrutar de la última etapa de su vida. Pero no basta. La vida no se realiza plenamente solo con añadirle desde fuera distracciones o con llenarla de actividades. La persona mayor necesita, además, darle un sentido interior y una orientación a lo que está viviendo.
La persona ha de adoptar una postura interior ante su final y ante el misterio de Dios. No es fácil avanzar hacia el final de la vida. Pero hay algo que el creyente no puede olvidar: también ahora Dios está ahí acompañando a la persona día a día. Es el momento de abrirnos confiadamente a él y preguntarnos qué quiere decirnos en esta última etapa de la vida. Es el momento de responder este tipo de preguntas: ¿Cómo vivir esta etapa de la vida desde la fe? ¿Cómo vivir la experiencia de Dios en estas nuevas condiciones? ¿Cómo alimentar la esperanza?
Reencuentro con Dios
La última etapa de la vida puede ser la gran oportunidad para un reencuentro vivo y gozoso con Dios. No tiene sentido engañarnos por más tiempo. La vejez nos obliga a descender hasta el fondo de nuestro ser.
Este reencuentro con Dios es todavía más importante para los mayores de hoy. Muchos de ellos han conocido a lo largo de su vida profundos cambios en el mundo religioso. La fe en que fueron formados era una fe segura y tranquila; se sabía exactamente lo que había que creer, hacer y practicar; todo era claro e indiscutible. Hoy es casi lo contrario. Todo se pone en cuestión; no se sabe exactamente qué leyes morales seguir. Es el momento de purificar la fe y descubrir el verdadero rostro de un Dios Amigo y Salvador que solo busca nuestro bien y nuestra dicha.
Desde la verdad del final
Este encuentro sincero con Dios solo es posible si la persona sabe aceptar interiormente esta fase final de la vida. El creyente sabe decir sí a este final desde su fe en Dios. La vida no ha terminado. También el final sigue siendo vida. Con unos valores y unas posibilidades únicas. Un tiempo irrepetible que Dios nos regala para dar un sentido último a nuestra vida. Un tiempo de valor inestimable para culminar interiormente nuestra existencia. La Vida es más que esta vida. El Creador nos ha hecho para conocer y disfrutar una vida eterna. Al final de todo está Dios. Él nos ha acompañado a lo largo de esta vida, lo hayamos reconocido o no. Ahora nos espera al final como el Dios grande, misericordioso y eterno, que solo quiere para nosotros la vida plena.
En acción de gracias
Casi sin darse cuenta, la persona mayor comienza a recordar y revivir su pasado de una forma diferente a etapas anteriores. Ahora está en condiciones de hacer un balance de lo que ha sido su trayectoria vital. Es necesario saber recordar de manera sana, superando la nostalgia y los pensamientos negativos, para vivir esta fase de la vida en una acción de gracias permanente. El creyente sabe agradecer a Dios el regalo de la vida tal como ha sido, con sus horas hermosas y sus experiencias amargas. No han faltado sufrimientos, errores y pecados, pero, al final, lo importante ha sido la fidelidad y la misericordia de Dios.
Acogiendo el perdón de Dios
Uno de los motivos de turbación en los últimos años puede ser el recuerdo de los pecados y, en concreto, el de algún pecado en particular, o simplemente la experiencia de la propia mediocridad, de una vida transcurrida en la medianía. Por eso, otro rasgo de la fe en la última etapa es dejar el pasado con sus pecados y miserias en manos de ese Dios que es todo perdón y misericordia.
Irradiando vida cristiana
En esta última etapa de la vida lo que más cuenta no es el haer, sino el ser. El proyecto de vida tiene que ayudar no tanto a rendir y ser eficaces, cuanto a crecer como personas y como creyentes. Por eso, en este proyecvto de vida no puede faltar el tiempo dedicado a la oración y a la comunicación con Dios. Y no necesariamente una oración complicada y larga, sino momentos de estar ante Dios con paz y confianza. Enraizado en esta confianza en Dios el creyente vive sus últimos años irradiando un estilo de vida cristiana marcado por la serenidad, la tranquilidad amable, el amor sereno y la comprensión, la paciencia, un cierto humor sabio y cristiano y, sobre todo, la esperanza.
Enraizados en la esperanza
Es el momento de fundamentar la existencia en el único Absoluto que es Dios. En él encuentra el creyente su fuerza y salvación. La impotencia y la debilidad de los últimos años dejan vislumbrar dónde está la salvación del ser humano. La muerte nos ha de encontrar vivos, con el corazón agradecido levantado hacia Dios, con nuestra confianza puesta totalmente en él. Dios ha sido lo mejor que ha sucedido en nuestras vidas. Nadie nos puede acompañar en ese tránsito hacia la vida eterna. En nadie nos podemos apoyar, ni siquiera en nosotros mismos. Al final, solo Dios salva.
José Antonio Pagola, Vivir la jubilación (Pastoral renovada)








