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4 Cuaresma – C (Lc 15,1-3.11-32)

Evangelio del 31 / Mar / 2019
Publicado el 25/ Mar/ 2019
por Coordinador - Mario González Jurado

CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS

Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida: estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el Misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

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One Comment
  1. mercedes castellano fdez 29/03/2019 at 15:58 Responder

    De esta parábola me impresiona especialmente el v 2o.»…Cuando aún estaba lejos, vióle el padre y compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos »
    Esa bendita impaciencia del padre por reencontrarse con el hijo y abrazarle…..Es el Dios de Jesús que es así con todos nosotros ….´Perdón sin límites , acogida sin condiciones alegría de encuentro ….una y otra vez , en nuestras vidas .
    Me llama tembiénl a atención que el arrepentimiento del hijo es , mas que nada «interesado», se acuerda de volver porque está pasando hambre y en su casa comerá mejor.En ningún momento dice que vuelve pensando en el gran disgusto que le ha dado a su padre .
    Es una llamada a reflexionar sobre nuestros arrepentimientos, tantas veces frágles e interesados
    El gozo del padre es desbordante , como el amor que tiene a su hijo
    Reflexionar todo esto …ese Amor incondicional, gratuito, festivo …del Padre , nos debería llenar de alegría y cambiar nuestra vida .

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