La realidad religiosa de las familias
En general, se puede decir que, durante estos años, se ha ido perdiendo el “ambiente creyente” que existía en el hogar. Han desaparecido, en gran parte, los signos religiosos, se han perdido costumbres cristianas, apenas se habla de religión, cada vez es más raro que la familia se reúna para compartir su fe o hacer oración. Se puede decir que la familia va dejando de ser una “escuela de fe”. Lo que se transmite en muchos hogares no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.
Hay padres cuya postura es de absoluta despreocupación. Lo que les preocupa en estos momentos son otras cosas. Bastantes padres tienen en estos momentos una sensación de desorientación. Personalmente viven una fe llena de dudas e incertidumbres. Otros padres viven todo esto desde una postura acobardada y pusilánime. Se dicen cristianos, pero no viven su fe con convicción sino por inercia. No pocos padres adoptan una postura de dejación y abandono. Exigen ser suplidos por el colegio, las catequistas o las instituciones parroquiales.
Hoy todo parece cuestionable; nada es seguro; todo parece discutible. Lo que se ha hecho difícil no es solo la transmisión de la fe, sino la transmisión en general de una tradición, una cultura, una ideología.
Teniendo en cuenta todo esto, ¿qué se puede hacer en la familia? ¿No es una utopía hablar de la vivencia de la fe en el hogar moderno?
Condiciones básicas para vivir la fe en familia
La importancia del amor entre los padres: Es fundamental que los padres se quieran y que los hijos sepan que se quieren. Saber y experimentar que los padres se quieren es la base para crear un clima de confianza, seguridad y convivencia gozosa. En ese clima se puede vivir la fe.
La importancia del afecto de padres a hijos: Los padres solo pueden ser modelos de identificación para los hijos si estos se sienten queridos. De alguna manera, los hijos perciben a través de ellos y en su bondad, compañía, respeto, perdón, el misterio de un Dios Bueno.
La importancia del clima de comunicación: Comunicación de la pareja entre sí y comunicación con los hijos. Esto exige evitar lo que sea desconfianza, recelo, dictadura, agresividad, imposición de silencio. Y exige también momentos de convivencia diaria. Lo más decisivo no es tener mucho tiempo para estar juntos, sino que, cuando la familia se reúne, se pueda estar a gusto, en un clima de confianza, cercanía y cariño.
La importancia de la coherencia: Coherencia entre lo que se dice o se pide a los hijos y lo que se hace. Un comportamiento coherente con la fe y las propias convicciones tiene peso y valor decisivo, es el que convence y le da a la familia fuerza educadora.
La importancia de tener una fe compartida: Es también de gran importancia ir pasando de una fe individualista a una fe más compartida en la pareja y en toda la familia. A veces en el hogar se comparte todo menos la fe y las vivencias religiosas.
Afrontar la increencia de los miembros de la familia: Es frecuente que en la familia alguien se declare increyente. Es una situación con la que debemos aprender a convivir, desde el respeto, el testimonio y la búsqueda de puntos de encuentro.
José Antonio Pagola, Cómo vivir la fe en la familia actual (Pastoral renovada)






