Evangelizar contagiando la Buena Noticia de Dios
Anunciar a Dios como Buena Noticia
¿Qué es lo que está sucediendo después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué lo que ofrecemos los cristianos ya no es Buena Noticia hoy? Y, por otra parte, ¿por qué el Dios que proclamaba Jesús resultaba «buena noticia» para la gente?
Lo que anuncia Jesús de Dios, a la gente le resulta algo nuevo y bueno; la gente lo entiende; responde a lo que están esperando; es lo que necesitan escuchar: un Dios amigo del ser humano.
La manera de ser de Jesús, su vida, su estilo de acercarse a las personas, su modo de vivir, de confiar, de amar, es algo bueno para la gente: él mismo es «parábola viviente» de un Dios bueno.
Su manera de actuar, su modo de comprometerse ante las injusticias, ante el sufrimiento, ante la mentira, ante los miedos de las personas, ante el peso del pecado… introduce algo bueno en la vida de las personas; trae paz, liberación, verdad, perdón; trae la «salvación» de Dios.
Tres rasgos básicos de la Buena Noticia de Dios
Dios es bueno: Dios es bueno y nos quiere bien. Esto es lo primero que necesitamos saber de Dios. Esta es la primera palabra del evangelizador que se inspira en Jesús. Esto es lo que necesita escuchar, antes que nada, el hombre y la mujer de hoy. Dios es bueno con todos. Dios solo quiere nuestro bien.
Este Padre bueno es un Dios cercano: Jesús vive y comunica esta cercanía de Dios. En nombre de ese Dios bendice a los niños de la calle, cura a los enfermos, acaricia la piel de los leprosos, acoge a los pecadores y les ofrece gratis el perdón de Dios. Esto es evangelizar: hacer visible, sensible, reconocible, la bondad de Dios en pequeños gestos.
Este Dios bueno y cercano es de todos: Ese Dios grande y bueno no cabe en ninguna religión, pues habita en todo corazón humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. Dios no deja solo a nadie. Tiene caminos para encontrarse con cada cual, sin que esos caminos pasen necesariamente por la religión.
Colaborar en el proyecto del reino de Dios animados por el Espíritu de Jesús
No separar a Dios de su proyecto del reino
Los dirigentes religiosos del Templo y los maestros de la Ley asocian a Dios con la religión: con el cumplimiento del sábado, el culto del Templo, la observancia de las normas de pureza ritual… Jesús, por el contrario, asocia a Dios con la vida: lo primero y más importante para Dios es que sus hijos gocen de una vida digna y justa. Lo más importante es la vida de las personas, no la religión.
El centro del acto evangelizador de Jesús no lo ocupa la religión, sino el «reino de Dios», su proyecto de promover una vida más liberada, más justa, más digna, sana y dichosa. Jesús no separa nunca a Dios de su reino. No puede pensar en Dios sin pensar en su proyecto de transformar el mundo. Jesús no invita a la gente a buscar a Dios simplemente, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33)
Evangelizar según el Espíritu de Jesús exige no separar nunca a Dios de la vida, a la religión de la justicia, a la liturgia de la acción liberadora. Estas son algunas líneas fuerza:
Centrar la evangelización en Dios como fuerza de transformación: Cuando se acoge a Dios, ya no es posible permanecer pasivos. Dios tiene un gran proyecto: hay que construir una tierra nueva, tal como la quiere él.
Evangelizar defendiendo y curando la vida: El sufrimiento, la enfermedad, la desgracia, no son expresión de la voluntad de Dios. No son castigos, pruebas o purificaciones que Dios va enviando a sus hijos. Toda la actuación de Jesús trata de encaminar a la sociedad hacia una vida más saludable.
Introducir la compasión en el centro de las comunidades de Jesús: una Iglesia que camina humildemente con los hombres y mujeres de hoy, una Iglesia vulnerable y pecadora ella misma, que sufre, que está en crisis, y que por eso entiende los sufrimientos, las incertidumbres y los errores de los demás, y sabe acompañar con compasión y con esperanza a la humanidad hacia el cumplimiento del reino de Dios.
Un estilo evangelizador para nuestros días: acoger, escuchar y acompañar
Jesús vive un estilo evangelizador marcado por la acogida al diferente, al excluido, al olvidado. Acoge a mujeres, toca a leprosos, se acerca a impuros, promueve una «mesa abierta» a pecadores y gentes de mala fama. Con su estilo de vida, Jesús crea comunión, no separación; genera igualdad, no discriminación; apertura, no exclusión.
La Iglesia, si es de Jesús, siempre habrá de ser una «Iglesia de puertas abiertas» donde encuentren acogida todos los que necesitan amor, amistad, acogida cálida, paz, fe, aliento para vivir y esperanza para morir.
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA, 4. Caminos de evangelización, capítulo 2







