LA HORA DE LA VERDAD
La falta de vigor espiritual
La Iglesia no posee hoy el vigor espiritual que necesita para cumplir adecuadamente su misión enfrentándose a los retos del momento actual. Sin duda son muchos los factores y las causas, tanto dentro como fuera de ella, que pueden explicar esta mediocridad espiritual como fenómeno bastante generalizado en nuestras parroquias y comunidades cristianas, pero tal vez la raíz principal esté en la ausencia de contacto vital con Jesucristo que se puede observar en los diversos sectores de la Iglesia.
Muchos cristianos viven correctamente su religión dentro de la gran institución eclesial, cumpliendo fielmente sus obligaciones aprendidas desde la infancia, nutridos por la tradición doctrinal y moral recibida, pero sin conocer la fuerza que se encierra en Jesús, el Cristo, cuando es vivido y seguido por sus discípulos desde un contacto íntimo y vital.
Con frecuencia, nuestro trabajo pastoral se desarrolla de tal forma que tiende a estructurar la fe de los cristianos no desde la experiencia del encuentro personal con Jesús, el Hijo querido de Dios encarnado entre nosotros, sino desde la aceptación de unas creencias, la docilidad a unas pautas de comportamiento y el cumplimiento fiel de una liturgia sacramental. Pero solo con esto no se despierta hoy en nuestras comunidades la adhesión mística a Jesucristo ni la vinculación propia de los discípulos y seguidores.
La necesidad de un cambio decisivo
A pesar de este enfriamiento del contacto vital con Jesucristo, la Iglesia le ha permanecido fiel en lo esencial y ha sido capaz de reencontrarlo de nuevo gracias a que siempre ha habido cristianos –hombres y mujeres– que se han encontrado con él, lo han acogido en su corazón, lo han reconocido como su único Maestro y Señor, lo han seguido con pasión y han contribuido a ponerlo en el lugar central que siempre ha de tener en la Iglesia y en las comunidades cristianas.
Como de los primeros discípulos, también de estos se puede decir que son «testigos» de Jesús que, llenos de su Espíritu, hacen «nacer» a la Iglesia como Cuerpo vivo de Cristo, que ha de ser recreado en cada época para cumplir fielmente su misión. Esto es lo que hoy necesitamos: «cristianos de creencias» que se conviertan en «discípulos»; testigos de Jesús que introduzcan en la Iglesia su Espíritu; seguidores fieles que contribuyan con su vida y su palabra a despertar la conversión de la Iglesia a Jesucristo.
Es el Hijo de Dios encarnado en Jesús el que puede arrancar a la Iglesia de la mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. El único que la puede llevar más lejos que los límites marcados por el conjunto de leyes, normas y costumbres heredadas del pasado. El único que la puede impulsar a ir más allá de lo establecido por las tradiciones.







