Los laicos son miembros de una Iglesia enviada al mundo como “sacramento de salvación”. Y es precisamente en esta misión al mundo donde aparece con más claridad toda la importancia del laicado.
El ámbito temporal, lugar propio del seglar
Lo ha recordado con fuerza Pablo VI: “Su tarea primera e inmediata no es la instalación y desarrollo de la comunidad eclesial, sino poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo” (EN 70).
El Papa cita la política, la realidad social, la economía, la cultura, la ciencia, el arte, los medios de comunicación social, la familia, la educación, el trabajo profesional, el mundo del dolor, como algunos de los campos propios de los laicos. “Ahí están llamados por Dios para que, desempeñando su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31).
Desde su condición seglar
Según el Concilio, “el carácter secular es lo propio y peculiar de los laicos” (LG 31), lo que cualifica de manera propia su vivencia de la fe y su acción evangelizadora. Ellos viven insertos en un hogar, haciendo vida de pareja, sacando adelante una familia, con un trabajo o profesión, con responsabilidades cívicas, etc. No tienen que abandonar su entorno natural y secular.
El cumplimiento fiel de la tarea temporal
La primera tarea de los seglares en el mundo es “cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico” (GS 43). Ser un buen padre, un profesional competente, un ciudadano honesto y responsable, un vecino solidario, un estudiante responsable, un deportista ejemplar. Lo primero es el testimonio de vida. No es bueno que los laicos descuiden sus tareas y compromisos familiares, sociales o cívicos para encerrarse en su mundo religioso o eclesial.
Compromiso transformador
Pero el laico cristiano no está presente en el mundo de cualquier manera. Su presencia está motivada por un inequívoco compromiso transformador a favor de un mundo más humano. Por eso, se sitúa siempre a favor de los que sufren por la injusticia y la insolidaridad social. Su compromiso está dirigido a transformar ambientes, mejorar costumbres, corregir estructuras, evangelizar criterios de actuación, estados de opinión, planteamientos colectivos, etc.
Hacer presente a la Iglesia en el mundo
Esta presencia evangélica de los laicos en medio del mundo no es algo meramente individual y privado. Están ahí, según el Concilio, “haciendo presente y operante a la Iglesia”. El laico “se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia” (LG 33).
Traer la experiencia del mundo al interior de la Iglesia
Los laicos están llamados a traer a la Iglesia la experiencia de la vida, los problemas, las preocupaciones, los interrogantes del hombre o la mujer de hoy. Desde su propia experiencia en medio del mundo, han de “secularizar” a la Iglesia, hacerla más cercana a la vida, más humana, encarnarla en la experiencia de las gentes.
El apostolado asociado
Aunque el compromiso de la mayoría de los laicos será individual y se llevará a cabo en el ámbito natural y cercano donde vive cada uno (familia, trabajo, vecindad, etc.), es importante impulsar el asociacionismo. Por diversas razones:
Es más fácil cuidar la propia espiritualidad laical en grupo aprendiendo desde la comunicación y el contraste de experiencias a ir haciendo una síntesis entre fe y vida.
Es más posible la formación integral, sistemática y organizada.
Es más fácil madurar la conciencia de pertenencia a la Iglesia y la identidad comunitaria y eclesial adulta.
Es más fácil discernir en grupo la propia vocación, asumir responsabilidades y revisar entre todos los compromisos adquiridos.
Es más posible sostener el testimonio e incidir en el compromiso transformador. Esta presencia social es más significativa y eficiente.
José Antonio Pagola, La hora de los laicos (Pastoral renovada)







