RECUPERAR LA ESPIRITUALIDAD DE JESÚS- I
Cultura del ruido y de la superficialidad
La invasión de los «medios» abruma a los individuos, y la rapidez con que se suceden las noticias impide cualquier reflexión algo sosegada. El individuo vive saturado de información, reportajes, publicidad y reclamos. Su conciencia queda captada por todo y por nada: excitada por toda clase de impresiones e impactos y, a la vez, indiferente a casi todo. Los medios ofrecen, por otra parte, una visión fragmentada, discontinua y puntual de la realidad, que hace muy difícil la posibilidad de síntesis alguna.
Por otra parte, uno de los rasgos más visibles de la sociedad de consumo es la profusión de productos, servicios y experiencias. La abundancia sitúa al individuo ante múltiples posibilidades. Todo le es sutilmente presentado como tentación y proximidad. Todo es posible. Hay que saber disfrutar. El cuerpo, con su cortejo de solicitudes y cuidados, se convierte en verdadero objeto de culto.
La dictadura de la moda crea todo un estilo de vivir en la movilidad y el cambio permanente. Se cambia de televisor o de coche, pero se cambia también de pareja y de manera de pensar. Nada hay absoluto. Todo es efímero, móvil e inestable. Crece la inconsistencia y la frivolidad.
No es fácil vivir el vacío que crea la superficialidad de la sociedad moderna. Sin vida interior, sin meta y sin sentido, el individuo queda a merced de toda clase de impresiones pasajeras, desguarnecido ante lo que puede agredirle desde fuera o desde dentro.
Perfil de la persona privada de silencio y hondura
El ruido disuelve la interioridad; la superficialidad, la anula. El individuo entra en un proceso de desinteriorización y banalización. Toda su vida se va haciendo exterior.
La persona se disgrega y se disuelve. Le falta un centro unificador. Fragmentada en mil trozos por el ruido, la hipersolicitación, los deseos o las prisas, ya no encuentra un hilo conductor que oriente su vida.
Hourdin: «El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se ha convertido en el robot disciplinado que trabaja para ganar un dinero que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, ve las emisiones de televisión que todo el mundo ve. Aprende así lo que es, lo que quiere, cómo debe pensar y vivir. El ciudadano robot de la sociedad de consumo pierde su personalidad».
Estamos creando una sociedad de hombres y mujeres solitarios que se buscan unos a otros para huir de su propia soledad y vacío, pero que no aciertan a encontrarse. Muchos no conocerán nunca la experiencia de amar y ser amados en verdad.
La sordera para escuchar a Dios
En la sociedad moderna, Dios es para muchos no solo un «Dios escondido», sino un Dios imposible de encontrar. Su vida transcurre al margen del Misterio. Fuera de su pequeño mundo nada hay importante. Dios es, cada vez más, una palabra sin contenido, una abstracción. Lo verdaderamente trascendental es llenar esta corta vida de bienestar y de experiencias placenteras. Entonces, tal vez, solo queda sitio para un Dios convertido en «artículo de consumo» del que se intenta disponer según las propias conveniencias e intereses.
En la sociedad del ruido y la superficialidad todo es posible: rezar sin comunicarse con Dios, comulgar sin comulgar con nadie, celebrar la liturgia sin celebrar nada. Tal vez siempre haya sido así, pero hoy todo favorece, más que nunca, el riesgo de ese cristianismo sin interioridad.
La ausencia de silencio ante Dios, la falta de escucha interior, el descuido del Espíritu, están llevando a la Iglesia a una «mediocridad espiritual» generalizada. Es inútil pretender promover desde fuera con la organización, el trabajo o la disciplina lo que solo puede nacer de la acción del Espíritu en los corazones. Vivimos una mediocridad que generamos entre todos por nuestra forma empobrecida y superficial de vivir el misterio cristiano.
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA, 2. Anunciar a Dios como buena noticia, capítulo 7







