POBREZA ESPIRITUAL DE NUESTRA ACCIÓN EVANGELIZADORA
Nuestro trabajo pastoral ofrece doctrina religiosa, dicta orientaciones morales, organiza celebraciones litúrgicas, pero ¿comunica esa experiencia nueva y buena de un Dios salvador, que tanto necesita el ser humano de hoy?
Ausencia de comunión viva con Jesús, el Cristo
Hemos hecho una Iglesia donde no pocos cristianos se imaginan que, por el hecho de aceptar unas doctrinas y de cumplir unas prácticas religiosas, están creyendo en Jesús, el Cristo, como creyeron los primeros discípulos. Y no es así.
La acción evangelizadora no llega a crear comunión mística con el Hijo de Dios encarnado en Jesús. Se predica una doctrina sobre Cristo, pero no se despierta la experiencia del encuentro vivo con él. La presencia y la acción del Resucitado en cada creyente y en el seno de la comunidad cristiana son más verdades que se afirman que realidades que se viven en lo íntimo del corazón.
Una pastoral sin interioridad
Esta falta de vinculación mística con Jesucristo favorece todo un estilo de trabajo pastoral marcado predominantemente por la actividad, la planificación y la organización, con una clara minusvaloración de lo contemplativo y una falta a veces alarmante de «atención a lo interior». Se trabaja intensamente buscando un cierto tipo de eficacia y rendimiento pastoral, pero se trabaja como si no existiera el misterio.
El sostenimiento de la mediocridad espiritual
Esta mediocridad no se debe solo a la debilidad, el descuido o la infidelidad de cada individuo, sino también, y sobre todo, al clima general que creamos entre todos en el interior de las parroquias y comunidades cristianas por una forma empobrecida de entender y de vivir el hecho religioso.
Este clima generalizado de mediocridad espiritual produce como primera consecuencia una especie de bloqueo de la acción evangelizadora. A las parroquias y comunidades de cada lugar se les hace difícil reavivar la fe. Mientras tanto, una parte importante del trabajo pastoral se limita a alimentar y sostener un cristianismo convencional que se ajusta rutinariamente a lo que amplios sectores esperan y demandan a la Iglesia.
El riesgo de la deformación pastoral
La falta de una experiencia mística de la salvación cristiana trae consigo el riesgo de desfigurar y pervertir la acción pastoral. La evangelización no brota ya del corazón, como irradiación o prolongación de lo que vive el evangelizador. Es fácil entonces que el trabajo pastoral se convierta en una actividad más entre otras.
Pero hay más. Una pastoral espiritualmente débil fácilmente se deja arrastrar por «el mundo». Cuando no nos inspiramos en Jesús terminamos copiando de los hombres.
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA, 2. Anunciar a Dios como buena noticia, capítulo 4








