TESTIGOS DEL DIOS DE LA VIDA – I
La condición del testigo
El testigo vive en la realidad de hoy: Se esfuerza por descubrir los «signos positivos» que emergen aquí o allá, intuye las «huellas» de Dios, que está ahí acompañando a la gente en sus gozos y en sus penas.
El testigo sabe que vive en una sociedad fuertemente marcada por la increencia. Desde su propia experiencia, el testigo cree que Dios está en el fondo de cada vida y sigue comunicándose con cada persona por caminos que no pasan necesariamente por la fe religiosa ni por la Iglesia. Por eso vive atento a esa acción del Espíritu que se le regala a cada persona juntamente con la vida.
Esta convicción es fundamental en la experiencia del testigo de Dios: la vida está en buenas manos. El reinado de Dios sigue abriéndose camino. Nuestro pecado y nuestra mediocridad no pueden bloquear la acción de Dios.
El verdadero testimonio se da como «de paso», como «añadidura», algo que la persona va irradiando con su manera de ser, vivir, creer y, sobre todo, de amar. El testigo no pretende convertir a otros. Lo que motiva al testigo es la experiencia que él mismo vive.
Testigo de un encuentro con Dios
El testigo comunica lo que vive, lo que está cambiando su vida, lo que la está transformando. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia: no informa, no adoctrina, no instruye.
Cuando uno se encuentra con Dios es para seguir buscándolo cada vez con más anhelo y verdad. Poco a poco, el creyente va intuyendo que es a Dios a quien en el fondo, y aun sin saberlo, anda anhelando su corazón. Es Dios el que comienza a dar sentido a todo, el que va llenando todo de más claridad, esperanza y vida.
El creyente experimenta que lo más propio de Dios es el amor y, al mismo tiempo, capta que el ser humano está hecho para amar y ser amado. Lo más decisivo y fundamental que comunica el testigo es esta experiencia de ser amado incondicionalmente por Dios.
Esto es lo esencial: permanecer en el amor. Vivir en y para el amor. Para el testigo de Dios, el amor no es simplemente una ley o un valor moral. El amor es la vida misma vivida de manera auténtica y sana. El testigo puede hacer a lo largo del día muchas cosas y muy diferentes, pero siempre está haciendo lo mismo: amar. El amor da unidad a su actividad, lo relaciona todo con la «fuente interior».
Testigo de una nueva vida
Lo único que puede hacer el testigo es sugerir, indicar, atraer, invitar a otros a que hagan su propia experiencia. Y la mejor invitación es presentar su propia vida: una vida atractiva, interesante, una vida nueva, transformada, «salvada».
Este Dios no me pide apartarme de la vida para encontrarlo, no me exige renunciar a nada humano para ser suyo. Lo que le agrada es vernos vivir de manera digna y dichosa.
Lo que el creyente presenta, pues, como testimonio de Dios es su vida. Y lo decisivo en esa vida no es propiamente la santidad moral, sino la actitud ante Dios, la orientación hacia el Amor, la huella que Dios va dejando en esa existencia. Al testigo se le percibe como a alguien que va configurando su vida esforzándose, aunque sea de manera modesta y humilde, por seguir los pasos de Jesús.
El testigo no solo presenta su vida. Lo hace comunicando vida. Por eso no vive aislado en su mundo, encerrado en sus pequeños intereses. Vive acompañando, escuchando, comunicando, compartiendo.
Este estilo de vivir y de generar vida puede despertar interés y hacer más creíble la fe, pues Dios comienza a interesar en la medida en que se puede intuir que responde a los anhelos del corazón humano. La gente se interesa por algo cuando siente que allí hay algo que coincide con lo que anda buscando.
La vida del testigo podrá despertar interés si se puede captar que, para él, Dios no es un problema, una dificultad, un estorbo para ser feliz, sino lo mejor que ha encontrado para vivir a gusto, intensamente, sin miedos, de manera liberada y gozosa.
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA, 2. Anunciar a Dios como buena noticia, capítulo 6







