VIVIR Y COMUNICAR LA EXPERIENCIA DE UN DIOS AMIGO
La amistad de Jesús
Jesús ofrece su amistad a todos, incluso a aquellos que viven excluidos de la convivencia social y de la comunión religiosa de la Alianza: publicanos corruptos, prostitutas y gentes indeseables. Jesús se acerca, los acoge, se sienta a la mesa con ellos.
Los discípulos no son siervos del Maestro, sino amigos. Jesús los elige no para ejercer una función, sino para «estar con él» y así poder luego anunciar a todos la Buena Noticia de un Dios experimentado como Amigo, junto a él. A través de su amistad, Jesús les revela el amor de Dios.
Bajo el signo de la amistad
Dios nos ama no buscando su propio interés, su gloria o su honor, sino buscando solo nuestro bien y nuestra dicha. No busca contrapartidas. Dios ama al ser humano para que viva y sea feliz: en eso consiste su gloria.
La amistad tiende a despertar un dinamismo semejante en la persona que se siente amada. Esta respuesta amorosa es la que define y configura la verdadera relación con Dios. La fe consiste en creerme amado por Dios, abandonarme a ese amor y entrar en esa corriente de amistad que fluye de Él.
La vida cristiana en clave de amistad
Lo primero es sabernos amados por Dios. Jesús, amigo entrañable, centro único de nuestra vida, nos recuerda, nos convence, nos reafirma en nuestra condición de seres amados por Dios.
Saberse amado lleva a vivir la adhesión a Cristo como una experiencia de amistad. Amo a Jesús. No le quiero por esto o por lo otro. Le quiero a él. Y sé que él me quiere a mí. La amistad crea un espacio en el que los amigos se dan mutuamente.
El camino del afecto lleva a un conocimiento sapiencial de las cosas de Dios que no es un saber por inteligencia, sino un saber por pasión de amor. El creyente se comunica confiadamente con Dios. Sintoniza plenamente con Él. La amistad se va haciendo cada vez más íntima.
La oración de amistad
El camino concreto para avanzar hacia Dios por la vía afectiva es la oración de amistad, es decir, la oración que se basa en el encuentro personal con Dios vivido como «trato de amistad».
Se trata de un encuentro íntimo, recogido, «a solas», con alguien percibido como amigo. El trato amistoso con Dios pide silencio, presencia mutua, encuentro recogido con quien sabemos nos ama.
Por una parte, mirar a Dios: es decir, caer en la cuenta de su presencia amorosa, volvernos hacia Él: «No os pido más que lo miréis». Por otra, mirar que Dios nos mira, que está vuelto amorosamente hacia nosotros: «Mirándome está».
Esta oración de amistad tiene el carácter gozoso de los encuentros amistosos y es una experiencia que abre a la vida. La vida entera se convierte en el espacio ancho y concreto para vivir la amistad con Dios
Testigos de la amistad de Dios
Nuestro mundo no es un mundo amistoso. Es en ese mundo concreto donde se nos invita hoy a poner amistad.
En la vida podremos «hacer» muchas cosas, llevar a cabo proyectos diversos, realizar tareas más o menos importantes, pero nada más grande que «ser amigos». Lo que va llenando nuestra existencia de contenido no es «lo que hacemos», sino «lo que somos».
¿Qué puede haber más grande y bello en la vida que «ser amigo» y ofrecer acogida, paz, bondad, paciencia, confianza, perdón, alegría de vivir, delicadeza, esperanza?
José Antonio Pagola, NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA, 2. Anunciar a Dios como buena noticia, capítulo 5







